domingo, febrero 22

El dolor I

Had we but world enough, and time
Andrew Marvell

Hace ya tiempo que me debo decir algo sobre esto, aunque no me guste o no sea el recreo lo que me impulse a hacerlo y haya demorado hasta ahora el momento de pararme a pensar y sentarme a escribir. He ahí una razón de peso para recuperar este espacio y reanudar estos textos precisamente con éste, que ha de enlazarlos y sellar la brecha que la dilación ha abierto explicando que en el entretanto ha habido una cohabitación con los espectros del duelo y de la deuda y su exigencia. He aprendido que no hay que dar demasiadas cosas por descontadas y que más bien hay que contarlas para elaborar el duelo, saldar la deuda y responder de corazón al deber de la memoria. Y todo porque también soy consciente de la contingencia del espacio y el tiempo que ocupamos, que hace de todo sitio que llamamos nuestro un lugar y a la vez un asedio.

Estamos atravesados por el dolor, o eso parece. Hay una violencia atávica en todo comienzo, en todo origen un crimen, y desgarraduras o desarraigos, expulsiones o caídas recorren los pasajes de las gramáticas de la creación; el miedo aparece ahí como una experiencia primera y cuasi fundante que tiene al dolor como su corolario. Simétricamente, de la condición humana y las aporías de nuestra finitud han derivado oscuras ontologías del ser para la muerte que han sido en la historia la antesala del ser para matar. Sin embargo, dejaré ahora de lado esas experiencias por pertenecer al tiempo del mundo y no al tiempo de la vida, que es al que quiero acercarme aquí y al que seguro quiso referirse Andrew Marvell cuando escribió el verso que he puesto en exergo.

Desde luego, «si tuviéramos tiempo y mundo suficientes», serían otras nuestras cuitas y otros serían nuestros males, pero en cambio hemos de enfrentarnos de continuo con la sensación de acortamiento y angostamiento y con el sentido del fin. De un tiempo a esta parte, en el mundo de mi vida se han sucedido, en círculos concéntricos, situaciones que me han aproximado el dolor de los otros y han causado el mío propio, siendo así que una línea de sombra dibuja ahora el espacio de un tiempo anterior y una inocencia perdida por los que transitar es ya un contrasentido. La primera vez que tuve cerca el desconsuelo ajeno vi claro que, para quien lloraba, lo irreparable de la pérdida era inconmensurable con las palabras de aliento que se le procuraban; y fue en el extravío de aquellos ojos donde hallé una valiosa intuición. La intimidad del sentimiento impide la condolencia pero, en cambio, su dolor me revelaba que sí podemos auparnos al umbral de las experiencias de los otros porque éstas, no sus objetos, nos son comunes y nos hacen humanos.

Y sin embargo, qué poco alcanza ese saber teórico que muchas veces no es un saber del corazón. No tardé en darme cuenta de los efectos del escapismo y ver torcido mi propio fuste antes de que más cosas empezaran a torcerse. Fue a causa de una mirada compañera cuando estuvo empañada por una muerte cercana y no encontró en mis ojos el espejo reconfortante que sin duda buscaba. No supe mirar, y aún lo siento, lo que necesariamente tenía que ver. Palpé la clamorosa insuficiencia de la evitación a toda costa de contagiarse del dolor que nos acecha, pues retorna recrecido el daño lateral que infligimos desde ciudadelas de egoísmo terapéutico. Y aquello era el principio, aunque entonces no lo supiera, porque sólo hay principio desde un cierto final, desde la atalaya que lo atisba o señala y, como ahora, lo escribe. Aquello era el principio y, quizás, habría empezado por aquí de no saber que es ingenuo creer que todo empieza por el principio. Al contrario, los comienzos, si es que nos quedan, exigen demora y tanteo y aclaración liminar.

En fin, esto es lo hecho hasta ahora y tal vez valga tanto como nada, no lo sé. O tal vez sirva y sea el paso indispensable para decir el duelo y la deuda: «Ahora hablaré del espectro, de la llama y las cenizas».

sábado, mayo 3

Carta a D.

André Gorz conoció a Dorine en 1947. Ahora se publica la larga carta que él le escribió hace dos años, en la que el filósofo trata de dar respuesta a una pregunta, por qué su mujer ha estado tan poco presente en su obra si ella ha sido lo más importante de su vida, y se propone reconstruir la historia de su amor para captar su sentido. Empieza: «Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco quilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca».

No le fue fácil, recuerda, decir ‘sí quiero’. Su ideología lo llevaba a desdeñar la institución del matrimonio. Además, sabía que ese ‘sí’ primero guardaba la promesa de su repetición, la disposición a confirmarlo no solamente un minuto después, sino mañana, dentro de un mes, de una vida. ¿Cómo comprometer entonces, con ese ‘sí’, a aquellos en quienes los dos se habrían convertido al cabo de diez o veinte años? La respuesta de ella fue insobornable: «Nosotros seremos lo que hagamos juntos».

André necesitó siempre de la teoría para dirigir su mirada al mundo. Cuando repasa su vida, confiesa que elevarse por encima de lo que sentía para teorizarlo llegó a ser una obsesión que lo condujo, en ocasiones, a sobrevolar su vida antes que a vivirla. Por eso le agradece, a ella, que le hiciese ver que el espejo de la teoría puede deformar la cambiante complejidad de lo real, que puede ser una cortapisa al pensamiento. «No necesitabas las ciencias cognitivas —le escribe— para saber que, sin intuiciones ni afectos, no puede haber ni inteligencia ni sentido».

Ya mayor, reconoce que él siempre precisó del juicio de ella más que ella del suyo y que la experiencia compartida de la fragilidad de la vida, que los unió, lo ligaba a ella de una manera inquebrantable y necesaria, más aún de lo que él mismo había querido creer. En un pasaje de conmovedora belleza, él le dice: «Para mí, eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia».

En los años setenta, a Dorine le diagnosticaron una enfermedad degenerativa. «Había querido creer que lo compartíamos todo, pero tú estabas sola en tu desamparo». Ese límite puso a prueba el lazo que los unía. Pero el lazó no se desató. Él se jubiló y se retiraron al campo. Vivieron así hasta su muerte, de la que ellos mismos fueron sus orfebres y poetas. André y Dorine vivieron el uno por el otro y tomaron la decisión de morir juntos. Era un fin de semana de septiembre del año pasado.

El final de la carta anticipa el desenlace: «A ninguno de los dos nos gustaría sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos».

sábado, octubre 13

Tu rostro mañana

He tardado cinco años en terminar de leer la novela. Empecé: ‘No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra ni cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido’. Continué dos años después, y también ella: ‘Ojalá nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera, ojalá no nos pidieran los otros que los escucháramos, sus problemas míseros y sus penosos conflictos tan idénticos a los nuestros’. Y hace dos semanas leí el último tercio: ‘Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o en una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en el atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo’.

Ahora ya podré releerla entera, cuando quiera y cuantas veces quiera, sin que se rompa el hilo o se nuble el recuerdo. Y también su autor, Javier Marías, que ha tardado aún más en componer esta novela en tres partes: ‘Fiebre y lanza’, ‘Baile y sueño’, ‘Veneno y sombra y adiós’; y con un título que me atrapó al instante cuando lo leí en una reseña en el otoño de dos mil dos: ‘Tu rostro mañana’. Una cita de Shakespeare para caracterizar al intérprete o anticipador de vidas que protagoniza la obra y que trabaja en los servicios secretos británicos.

La trama es sencilla, pero eso no importa en una novela que aspira a hablar de todo, bajo la estela del maestro de la digresión que fue Sterne, y que es el ejemplo más redondo de la teoría que recorre la narrativa de Marías: sólo existe aquello que es contado. En efecto, lo importante son las conversaciones que el protagonista mantiene con su padre, el descubrimiento de las cloacas del Estado, la suerte de la joven mujer del profesor de Oxford, los excesos y las cauciones en las guerras civil y mundial; la confianza y la traición, el miedo y la muerte y, sobre todo, las palabras y el tiempo.

Las palabras que una vez dichas tienen consecuencias imprevistas y así, lo dicho en un momento de fiebre o en la emoción de un baile o en la duermevela del sueño, puede viajar a la velocidad de la luz o deslizarse como una sombra y cegar a otro cualquiera, un amigo, una amante o quizá un desconocido, y ser para él veneno o lanza, e incluso adiós. Y el tiempo que no acaba nunca, pues ‘siempre hay más por venir, siempre queda, un poco más, un minuto, la lanza, un segundo, la fiebre, y otro segundo, el sueño —la lanza, la fiebre, mi dolor y la palabra, el sueño—, y también el interminable tiempo que ni siquiera vacila ni aminora el paso tras nuestro acabamiento’. Un tiempo que nos desafía recordándonos que no sabe que lo cuentan, que el círculo nunca se cierra, que ‘lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes y un después nunca se sueldan’.

El protagonista siente al fin que el mañana ha llegado para su rostro. Termina la novela y comienza ya a ser pasado. Pero nosotros sabemos que sin la memoria del ayer no hay ilusión para mañana.

lunes, junio 25

Noche de san Juan

Hace tiempo, no sé cuánto, la de san Juan era para mí la mejor noche del año. Me iba a dormir más tarde que de costumbre cuando arrancarle segundos a las sábanas era motivo de tierno orgullo. Pasaba el rato viendo fuegos artificiales y tirando petardos y cohetes cuando eso me seducía con antelación. Una semana antes escribía la lista y, a los pocos días, iba a por ellos, buscando cada año alguno nuevo, alguno más.

Ahora, no sé hace cuánto, trato de mantenerme alejado de los petardos y tienden a aburrirme los días en los que uno ha de divertirse por obligación, hacer planes extraordinarios, verse con mucha gente y no dormir apenas. Esas noches en las que hay que garantizar la diversión, hacer de cada momento algo crucial, un highlight, un buen recuerdo anticipado. Antes, recuerdo ahora, todo iba de suyo, pero el tiempo pasa y la ilusión del porvenir va dando paso a la añoranza de los otros futuros del pasado.

Siempre he tenido la sensación de que uno no tiene plena conciencia del tiempo hasta que no puede decir: «de eso hace ya diez años». No hace tanto, he reparado en que mi primer recuerdo ha cumplido ya veinte años. Lo pensé mientras escuchaba la tercera versión de una canción de Serrat: Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys. Aunque bueno, los recuerdos de infancia son casi siempre más o menos aproximados, más o menos falsos. Porque los recuerdos son relatos y a relatar se aprende cuando acaba la infancia que es, literalmente, un tiempo sin voz.

Así que, quién sabe, quizá todo esto no sea más que el cuento de una noche de san Juan.

martes, junio 5

Geografías



Podemos ver el mundo observando a nuestro paso los surcos abiertos en la tierra baldía o transitando laderas pedregosas. También podemos verlo a vista de pájaro, bajo la lluvia de los tristes trópicos o a ras del suelo pantanoso de la tundra. Más arriba aún distinguiremos el contorno anguloso de las islas del archipiélago o la forma de los arrozales junto al delta del río. Pero sólo desde el espacio podremos ver todo el planeta, con su color aguamarina y su combinación de verdes agrestes y ocres polvorientos, entre las nubes.

En alguna parte leí que la fotografía de la Tierra desde el espacio es quizá la obra de arte más bella del siglo veinte. En ella, las fronteras desaparecen y también las personas, y el ruido. Vemos sólo esa pequeña esfera dominada por el azul y podemos sentir que es nuestra casa y sus habitantes nuestros conciudadanos; una emoción parecida a la que debió de experimentar Marco Aurelio mientras meditaba con la mirada puesta en el cielo de Viena. Nada humano me es ajeno, debió de pensar, recordando a Terencio.

No hace mucho que descubrí en una
web una nueva manera de ver el mundo. Se trata de unos mapamundis estadísticos en los que el tamaño de los países crece o decrece en función del dato reflejado en ellos. Sobre estas líneas dejo dos ejemplos. Uno de ellos muestra los países que importan más juguetes; el otro, los lugares donde más abunda el trabajo infantil. La abrumadora asimetría habla por sí sola; no hace falta decir más.

miércoles, febrero 14

La palabra poética

En éste el día de los amores inconfesos y los grandes almacenes, he recordado una conferencia de Antonio Alvar a la que asistí hace algún tiempo y que llevaba por título «Virgilio y la palabra poética». Alvar contó con vigor cómo, de las Bucólicas a la Eneida, Virgilio amplia la variedad de sus fuentes y camina hacia la sabiduría total. Dejó lo mejor para el final de la charla.

«Me propongo demostrarles —dijo— qué es eso de la palabra poética con un solo verso»:


Formosum pastor Corydon ardebat Alexim
Virg. Ecl. II 1.

«El pastor Coridón ardía por el hermoso Alexis». Un verso en apariencia sencillo. Pues bien, no es así. Quienes sepan latín habrán apreciado en seguida que el acusativo, formosum Alexim, está separado. Hay ahí una quiebra sintáctica. En cuanto al verbo, ardebat, es la primera vez que se usa de forma transitiva y metafórica, toda vez que Coridón arde de amor por Alexis. Lo mismo sucede con el adjetivo, formosum. Antes de Virgilio sólo está documentado en Plauto, quien lo aplica a una cabra. Verbo y adjetivo ven desplazado su significado de lo concreto a lo abstracto. Hay, pues, una quiebra semántica. Por lo demás, el protagonismo de los dos pastores es novedoso en la poesía de la época, por lo que tenemos, en fin, una quiebra referencial.

Corydon, que es la alondra, el pájaro cantor, suspira y canta por Alexis pero éste, literalmente el que no tiene palabra, a-lexis, calla. Corydon se ve envuelto por el amor que profesa a Alexis, por eso éste le envuelve, por eso el acusativo está al principio y al final del verso y el amante, Corydon, en el centro. Un orden nuevo del verso, palabras conocidas con un significado nuevo, temas renovados. Y todo en un solo verso. Eso es la palabra poética. Fascinante.

domingo, febrero 4

París II, viaje y hogar

Cuenta un geógrafo que la trayectoria vital del ser humano comienza en casa para después salir al mundo. Por eso el sueño de la cultura es lograr que nadie sienta que los límites de su casa son también los de su mundo sino, más bien, que el mundo sea su casa. Yo he tenido siempre en cuenta en mis salidas que hay que apartar los ojos de la cámara para encuadrar el resumen del viaje en la mirada. Y para mí París ha sido, desde hace años, una atalaya privilegiada para observar y enriquecerme con esos otros mundos que habitan éste. Pero siempre, hasta ahora, viajaba acompañado, sin saber que la belleza de la ciudad se hace áspera en la garganta si no hay nadie a quien contársela.

Ahora sé que una ciudad a solas no tarda en hacerte saber que no constas, y tú notas cuando paseas que ni siquiera te corresponde la imprecación de los anuncios que amueblan las paredes. Una ciudad a solas te muestra a cada rato toda la crueldad de estar de paso, y tú le sonsacas al escombro la manera autóctona de conjugar el desarraigo. La soledad deja de ser lisa y llanamente una dulce ausencia de miradas y aprende, irrevocable, a despertarte en plena madrugada. Hasta que el saberte de allí durante un tiempo te mueve a amoldarte a las esquinas y a hacerte acompañar por quienes, al compartir tu diferencia, te van alejando poco a poco del desasosiego de ser otro.

Ahora sé que si sales invicto de unos días que impacientan y pasas a formar parte de los leves cambios de las horas, aprendes a desabrochar la espesura de la noche y gozas de la luz inmarcesible del sol rotulado en tu ventana. Entonces el paisaje se va tornando familiar a cada paso, y las fachadas y las plazas ya no te degradan cuando escupen, altivas, la savia de su belleza impune. Entonces comprendes a los adoquines que soñaron incorporarse en barricadas y tus huellas cuajan en historias que convierten los espacios que transitas en lugares de memoria. Te escuchan los museos y los bares, te cuentan que estuviste de buen grado y tú regresas con la satisfacción inquebrantable de haber encontrado un hogar en el viaje.

Por eso agradezco a todos los que han hecho que descubra en el paisaje la mitad de la belleza que reside en los ojos del que mira, que aprenda a prestarles atención a las soledades de babel que rozan mi costado y que entienda al fin que puedes encontrar el todo y la nada en un puñado de moras de zarza. Ahora veo sus gestos a medio hacer varados en las fotografías que hicimos; con ellas transformamos los monumentos en lugares comunes y, a la inversa, los lugares cotidianos en jalones de una historia cuyos capítulos reencuentro al poner en movimiento las fotografías con los ojos del recuerdo. Así recupero cada lance, cada sonrisa, cada baile, cada charla, y termina de hacerse cada uno de los gestos que los singularizan.

Y así el mundo es, un poco más, mi casa.

domingo, enero 14

París I, tiempo y contraste

Decir París es saber que casi todo se ha dicho. Y sin embargo, tras dos meses allí, algo tengo que decir, por insignificante que sea, sobre mi experiencia. Quizás valga esta consideración histórica para empezar: París representó en el siglo XIX, a través de los votos y las barricadas, el espíritu de la época: la emancipación. En París se reconoce hoy, a través de sus bulevares y sus arrabales, lo propio de nuestro tiempo: el contraste.

Contrasta, podrá decirse, un sol que ciega en las baldosas del Trocadéro y un viento que destroza los paraguas delante de Notre-Dame; o la visibilidad panóptica de la plaza Saint-Michel y la recóndita y nocturna de la calle de la Butte aux Cailles; o el paisanaje manierista de un café de Saint-Germain-des-Près y el más ligero y mudable de un local del bulevar Jourdan; o aun el arpa que en la sala de conciertos parece arrancar sonidos a lágrimas de cristal y la voz licorosa que emerge del sótano del mundo en una esquina de los pasillos de Châtelet-Les Halles.

Pero con eso no haremos más que empezar. Habrá que hablar de París y decir que su belleza hace hasta de los clochards una más de las guirnaldas que ornan las aceras cercanas al Elíseo. O habrá que hablar de la contemplación de la torre Eiffel a través de la ventana del metro y decir que nos arroba la belleza por el contraste entre la chapa ajada del vagón y la majestuosa silueta de la torre de hierro y entre la majestuosa melodía que hace vibrar nuestros sentidos y el rostro ajado del acordeonista que la toca. O habrá que decir que la armonía espejeante y simétrica de los edificios de Haussmann no deja ver que el lado oscuro de la opulencia lo componen quienes, en los márgenes, depositan sus esperanzas en la lotería en lugar de en la república.

Ese París de contrastes es el que con el tiempo de todas las veces que lo he visto y visitado he aprendido a situar en el mapa de mis emociones. Pero, aún así, para mí decir París no es sólo eso. De nuevo, no he hecho más que empezar. Las consideraciones personales con las que quiero seguir tienen que ver con los nombres que en cada momento han poblado mientras yo lo hacía y conmigo el paisaje de París; con ese universo de gestos y de palabras que hace amable y humano el entorno. A todos ellos dedicaré mis próximas palabras porque decir París es, para mí, decirlos un poco a todos ellos como un susurro quedo.