2 de julio de 2020

Luz en la edad oscura (Cuaderno de cuarentena, y 6)


Miles de kilómetros de tuberías en el interior del centro de datos del condado de Douglas (Georgia).
Fuente: Centros de datos de Google.

Ahora que todavía estamos acostumbrándonos a salir de casa con cierta normalidad, aunque nos pesen las mascarillas, nos abrume el sol y no entendamos muy bien algunas prisas por recuperar rutinas que se han revelado contingentes, pongo fin a este cuaderno de cuarentena con el comentario de una lectura reciente que dibuja algunos trazos del mundo en el que tendremos que vivir y resistir: La nueva edad oscura de James Bridle.

Con un pie en cada una de las dos culturas de las que habló C. P. Snow, el artista y tecnólogo constata que “la aceleración tecnológica ha transformado nuestro planeta, nuestras sociedades y a nosotros mismos, pero no ha sido capaz de transformar nuestra forma de entender todas esas cosas”. Si a esto añadimos que “las nuevas tecnologías no se limitan a aumentar nuestras capacidades, sino que las determinan y dirigen activamente”, se hace evidente que necesitamos responder a las nuevas tecnologías con nuevas metáforas que nos permitan describir y repensar el mundo resultante de los sistemas complejos. En pocas palabras, necesitamos una nueva alfabetización. 

No es una tarea fácil, puesto que nuestra inteligencia no parece estar a la altura de la complejidad que han generado los procesos que hemos puesto en marcha. Además, estamos rodeados por innumerables fuentes de información y puntos de vista que no aumentan nuestro saber ni producen una realidad común, sino que nos encierran en burbujas virtuales separadas y, muchas veces, enfrentadas por la obsesión fundamentalista en las noticias falsas, los relatos maniqueos y las teorías conspirativas. Las nuevas fuentes de conocimiento lo son también de corrupción cognitiva y las nuevas redes sociales contribuyen a la “degradación de la gente corriente”, como señala el pionero de la realidad virtual Jaron Lanier. Aquello que debía iluminar el mundo, hoy lo oscurece.

A este propósito, el meteorólogo computacional William B. Gail vislumbra una época en la que nuestros nietos sabrán menos sobre su mundo de lo que nosotros sabemos del nuestro. ¿Habrá pasado ya el «cénit del conocimiento» como lo hizo el cénit del petróleo? Uno no puede ahuyentar el recuerdo de que incluso en Atenas, Florencia o Tubinga se extinguió un día la llama del saber. La incapacidad para entender los efectos entrelazados de nuestros propias invenciones, sin embargo, no debe paralizarnos. “No lo entendemos todo, ni es posible que lo hagamos, pero sí somos capaces de pensarlo”. Pensar sin entender del todo, una habilidad que la existencia del cálculo demuestra que poseemos, es imprescindible para abrir claros de luz en esta edad oscura.

Bridle nos previene contra la tentación de hacer nuestro sin crítica el “pensamiento computacional”, es decir, la creencia de que la tecnología resolverá por nosotros cualquier problema. La computación reduce lo posible a lo computable y proyecta un futuro ya contenido en el pasado. Cierra así la puerta a los acontecimientos históricos y sus efectos imprevisibles, y por tanto también a la capacidad de la imaginación y la creatividad para ensanchar los horizontes del presente. Por otra parte, cuando organizamos el mundo desde la perspectiva de la máquina, este se vuelve incomprensible para nosotros y acelera nuestra opresión. “La explotación está codificada en los sistemas que construimos”.

En sintonía con lo anterior, tenemos que combatir los relatos históricos y tecnológicos que conciben el progreso como una autopista de sentido único. Semejante concepción, desacreditada ya en el campo de las humanidades, “se ha cosificado en la tecnología”. Pero la historia no es siempre un arco que se curva hacia el progreso. Es imperativo que meditemos sobre las consecuencias de “un presente que ha descarrilado de la temporalidad lineal, que se aleja en ciertos aspectos cruciales, aunque desconcertantes, de la propia idea de historia”.


En efecto, como apuntó Manuel Cruz en Adiós, historia, adiós, después de 1989 no es que la historia llegara a su fin, sino que nosotros la abandonamos. Con el optimismo propio de los años noventa, creímos que un futuro de abundancia nos permitía soltar las riendas del presente, un gesto imprudente para el que puede no haber vuelta atrás. Y ahora que se han vuelto las tornas y el porvenir parece una amenaza, aceptamos la inevitabilidad de la catástrofe que viene. El fin del futuro tiene que ver con que el vínculo entre lo que podemos hacer y lo que pueda suceder se ha roto, como ha detectado Marina Garcés en un librito que, desde el mismo título, tiene el objetivo de “poner en el centro de cualquier debate el estatuto de lo humano y su lugar en el mundo”. Me refiero a Nueva ilustración radical.

Los sesgos cognitivos que las máquinas heredan de sus programadores, la vigilancia masiva, la negociación de alta frecuencia en los mercados de valores y la desigualdad que genera la opacidad computacional son algunos de los aspectos de la tecnología que desgrana Bridle. Mención aparte merece el cambio climático, pues revela que la crisis medioambiental corre en paralelo a nuestra degradación cognitiva: a medida que aumenta la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, disminuye nuestra capacidad de pensar y, por tanto, de atajar el desastre. Es una carrera contra el Reloj del Apocalipsis y la medianoche se acerca.

¿Qué podemos hacer que no parezca ilusorio? Para empezar, quizá tomar conciencia de que solo quien no pierde la esperanza es capaz de seguir buscando los motivos para abrazarla; además, pensar la red y pensar en red puede orientarnos en la incertidumbre; siempre que no diluya el factor humano, la cooperación entre las máquinas y nosotros puede sugerirnos cursos de acción más prometedores que los que nos proporcionará cualquier ordenador por sí solo; por último, necesitamos proveernos de herramientas de todo tipo para recobrar la capacidad de hacer historia y combatir los dogmas que nos llevan al corazón de las tinieblas.

Podemos fracasar en el intento, pero sabemos por Beckett que esa no es la última palabra. Ahora bien, si decidimos dar un paso hacia la luz en este “magnífico mundo nuevo”, debemos recordar con Huxley que “la ciencia no es suficiente, ni lo es la religión, ni el arte, ni la política y la economía, ni el amor, ni el deber, ni acción alguna, por desinteresada que fuere, ni la contemplación, por sublime que sea. Nada sirve, como no sea el todo”.

25 de abril de 2020

Los recuerdos en polvo (Cuaderno de cuarentena, 5)

De la ilustración: © Marc Pallarès.
A veces, el presente nace en la última catástrofe: cuando una línea de sombra separa nuestro tiempo del que ha de quedar atrás. Ayer, en la edad de la inocencia, «mirábamos al futuro, o cuando menos a las siguientes cinco o seis horas, y no nos sentíamos demasiado perseguidos por nuestros fantasmas, que compartíamos». Creíamos que seguiríamos siendo los de siempre, que no cambiaríamos o no lo suficiente como para dejar de vernos o al menos de llamarnos, y que en ese mundo que se abría como una flor para nosotros permaneceríamos cerca a pesar de estar lejos.

Pero entonces llegó esa noche de mayo —noche de fiesta, noche fatídica— para cambiarlo todo y revelarnos que a veces «la vida sigue caminos que no existen hasta que los tomas». Una explosión interpuso entre el pasado y el futuro una herida que no iba a cerrarse y una línea de escombros. Todos los planes se perdieron en la oscura espalda del tiempo y nosotros descubrimos, trágicamente, hasta qué punto es verdad que un antes y un después nunca se sueldan.

Al principio, no supimos cómo volver la mirada al agujero negro que lo engulló todo, salvo los fantasmas. El edificio en ruinas «era un fantasma sin sábana» que «no se dejaba mirar fácilmente, quizá porque aprender a lidiar con espectros requiere aprendizaje», como nos enseñó Shakespeare. Por eso sentimos la tentación de vivir «en la convicción de que el pasado no había pasado, o había pasado hacía tanto tiempo que solo era un color amarillo en las esquinas de las hojas del tiempo». Al cabo, sin embargo, nos dimos cuenta de que si nosotros no nos hacemos cargo del pasado, el pasado nos deshace.

El padre de Emma pisó un cedé mientras caminaba entre los cascotes, y adivinó «no una historia sino infinitas historias humanas en aquel objeto, que habría hecho bailar a muchísimas personas, alegrándolas y haciéndoles creer que la vida estaba por depararles aún miles de momentos de felicidad». Para Violette, la doctora que acudió al lugar tras el accidente, «la tragedia puso a prueba la profundidad de la noche, capaz de alargarse años». La hermana de Luca percibió cómo se resquebrajaba su familia y, desesperadamente, cometió el peor error de su vida. Y Hannah, la quiosquera, conservó la llave del piso, aun sabiendo que «es una llave muerta, que no abre ninguna puerta, salvo la del recuerdo».

Cuando llegó el momento de rememorar, sentimos el dolor de pensar que podría haber ocurrido de otro modo, que debía haberlo hecho, y que «a veces en la vida todo ocurre o deja de hacerlo por muy poco». Un poco que «puede ser un minuto, unos metros, un cambio de idea repentino», apenas una insignificancia que no obstante decide si formas parte de los hundidos o los salvados. Pero esos pensamientos demoraban nuestro viaje al fin de la noche. «Hay hechos que admiten solo un número de vueltas de tuerca, y si les das más de la cuenta, empiezan a carcomerte y el pensamiento deriva en laberinto».

Para escapar de él, tuvimos que aprender a recordar para imaginar de nuevo, a rebobinar con prudencia, y a dejar de intentar presionar constantemente el fast forward. Teníamos que hallar un justo equilibrio entre nosotros y el tiempo y, por fin, escribir la historia y escribir el trauma, para salir de ese día en que todo se redujo a nada, «lo entero se convirtió en roto, lo grande en minúsculo, lo pequeño en inexistente, lo importante en pérdida, los recuerdos en polvo, el futuro en pasado».


Todas las citas —y con ellas toda mi admiración— pertenecen a la última novela de Juan Tallón: Rewind. Una oscura, preciosa gema en la que abismarse.