30 de enero de 2020

Seventeen

Sharon Van Etten (Nueva Jersey, 1981) vive en Nueva York desde hace quince años. Tiempo suficiente para percibir las transformaciones de la ciudad y hacer recuento de mudanzas: los barrios remozados de los que tantos han huido por el coste inasumible de la vida, las calles antaño transitadas que ya apenas oyen sus pisadas, los locales que entonces frecuentó y hoy han cerrado, las costumbres y amistades ganadas, perdidas y recobradas; y las generaciones más jóvenes que crecen de espaldas al dorso del tiempo, como si nada anterior hubiera sucedido.

Para ella, la mujer que mira, el paisaje urbano no es solo un objeto de contemplación, sino una ventana a la introspección. Piensa en sí misma a los diecisiete, hace más de media vida; esa edad de la incerteza que aún no ha cruzado la línea de sombra, pero la siente cerca. Y su sombra es justo lo que la mujer ahora rastrea a la vuelta de la esquina o media manzana más arriba, para descubrirse libre, pero temerosa, preguntándose en qué va a convertirse, a punto de caer de tanto ponerse de puntillas para adivinar la forma venidera de su rostro.

Y cuánto querría poder hablar consigo misma, sobre todo en esos momentos en que se recuerda tan sola. Para mostrarle a la chica de diecisiete cuánto ha crecido, y que ese instante nervioso y quebradizo al final ha resultado llevadero. La vida ha seguido. Y sí, hay cosas que han desaparecido o se han quedado en el camino; y a veces la mujer añora la libertad quinceañera, pero no la cambiaría por todo lo que ha aprendido.

La mujer se mira a sí misma, pero nosotros, que la escuchamos, no podemos sino echar a volar sus palabras, y preguntarnos no solo por nuestro pasado, sino por el futuro de nuestros hijos. ¿Qué nos diríamos? Quizá que no dejáramos escapar esa oportunidad, o que hiciéramos todo por apresarla, porque si no iba a quedar ahí una brecha siempre abierta, recordándonos con insistencia la existencia de un futuro abolido del pasado.

¿Y a ellos? El tiempo pasa y las lecciones pierden vigencia, y no siempre puede transmitirse realmente la experiencia. “Las necedades de los padres se han perdido para los hijos; es necesario que cada generación haga las suyas”, escribió no sin razón un rey prusiano. Y, sin embargo, no podemos dejar de intentar estrechar el lazo entre el tiempo en que crecimos y la realidad en que vivirán ellos, porque el alcance de ese lazo marca el límite de nuestro mundo compartido.

Si hacemos caso a la mujer que mira, solo hace falta apartar las piedras y la ceniza, caminar media manzana y media vida, y aprender a mirar alguna vez con la mirada que tuvimos. Y decirnos y decirles: no te preocupes demasiado, no te lo tomes tan a pecho, que solo tienes diecisiete; diecisiete, los mismos que yo.



De las fotografías: © Franck Bohbot. Instantáneas procedentes de las series “Last Stop Coney Island” y “Light on New York City”.
La estupenda versión acústica de la canción junto con Norah Jones, aquí.

31 de diciembre de 2019

El latido


De pie en el umbral de la puerta, entre dos años como centauros del tiempo. A punto para dejar el lugar desde donde sentimos y explorar la anchura del mundo, la naturaleza del alba, la intensidad de la vida.

El sol que despunta alumbra el recuerdo, los nervios tempranos, las pasiones a tientas, la prisa en los labios, los sabores perdidos, el aroma doméstico, el tacto de un nombre; y el latido de un corazón.

Con una ilusión todavía lozana parecida a la fe, seguimos un hilo delgado de instantes cercanos, un cuerpo que espera el roce del nuestro, una voz que susurra la palabra “mañana”; y un latido de su corazón.

Partimos ligeros hacia horizontes abiertos. Con un poco de suerte, una estrella y alguien que nos diga quién somos cuando mudemos la piel, emprendemos la marcha al ritmo que marca el latido de su corazón.

Feliz 2020

De la obra: Geoffrey Johnson, Red With Nine Figures (detalle), © 2018.