31 de diciembre de 2017

Revolución


La Navidad, dijo un teólogo, es la irrupción de la eternidad en el tiempo. No pertenece por tanto a un momento o una época, ni siquiera a la historia, sino que apunta al más allá de los límites y corsés del tiempo. Por eso, cuando llega, nos conmina a dejar de mirarnos con los ojos prestados de inviernos pasados, a impugnar las rutinas de óxido y las tradiciones cansadas, a levar anclas, izar velas, cambiar de rumbo, alzar la vista y perseguir con denuedo lo inesperado y lo desconocido. 

Hay en la Navidad, por todo ello, un impulso revolucionario que asalta, detiene, invierte y transforma el tiempo. Una llamada a trastocar el orden y los regímenes y alcanzar logros nuevos, a soltar lastre, interrumpir los cálculos, acallar las afrentas y dejar las armas para tender puentes y saltar por encima de las simas de ceniza y huesos. Mirando siempre, con cariño y tiento, a quienes están a nuestra vera y a los vulnerables, los oprimidos, para luchar todos contra la miseria, la necesidad, la ignorancia y el miedo. 

Así pues, quién lo diría, la Navidad como Revolución. Como una brecha en el tiempo que abre otra posibilidad para la vida, como un principio de esperanza, como una fuerza contra cualquiera que pretenda fijar nuestro destino, como un derecho a la fraternidad, como una invitación a rescatar cuanto perdimos en el fuego y a caminar juntos bajo la misma estrella, esperando que una luna de fiesta sea nuestro próximo cielo. Como una pista para redescubrir que el tesoro perdido de las revoluciones es la felicidad. 

Este año no puede ser otro mi deseo. 

Feliz 2018

11 de noviembre de 2017

Una semana en Nueva York: segunda parte

Jorge Colombo, “Ear Inn”, © 2016.
Atrás quedaban los primeros días del viaje. En la colección del MoMA redescubrimos “Les demoiselles d’Avignon”, la obra maestra de Picasso que dio comienzo al siglo veinte pictórico. Impresionante. Se nos escapó “La persistencia de la memoria”, prestada a la Fondation Louis Vuitton. Y me sorprendí atraído por una bandera: la estadounidense de Jasper Johns, que conviene inspeccionar para percibir su textura. Antes de salir, compré la reproducción de una portada del New Yorker, dibujada por Jorge Colombo en su iPhone, que ahora decora mi biblioteca.

En Park Avenue distinguimos el viejo Waldorf Astoria, una reliquia cerrada por reformas. Llegamos a la estación Grand Central para escudriñar la bóveda celeste de Paul César Helleu y comer en el Grand Central Oyster Bar & Restaurant, un sótano inmenso bajo las bóvedas del valenciano Rafael Guastavino. Las ostras, de distintas zonas de la costa este, eran exquisitas, curiosas las ostras fritas con salsa tártara y delicadas las vieiras de Maine. Solo los camarones jumbo palidecieron ante el sabor de las gambas mediterráneas. Con buen criterio, el camarero nos recomendó el elegante chardonnay californiano Kendall-Jackson Grand Reserve de 2014.


Mientras nos encaminábamos a la sede de las Naciones Unidas, admiramos el edificio Chrysler, una auténtica joya del art déco. Desde el teleférico que nos transportó a la isla de Roosevelt oteamos el puente de Queensboro, inmortalizado en la famosa escena de Manhattan. Acalorados, buscamos solaz en el Blue Bar del Algonquin Hotel, donde nos atendieron de maravilla. Quise rendir homenaje a Dorothy Parker y a la tertulia que ella animaba allí en los años veinte, así que pedí el cóctel que lleva su nombre, una mezcla de Dorothy Parker Gin, licor St. Germain, limón, miel y albahaca. El bar fue un oasis azul en el desierto de cristal. Cuando oscureció caminamos hacia la fascinante Times Square, que fue como pisar un escenario de Blade Runner. Ya un poco tarde, en nuestro hotel nos propusieron el vecino Waverly Diner, donde saldé mi deuda con los huevos Benedict. Justo lo que necesitábamos.

Jorge Colombo, “O’Hara’s”, © 2016.


El domingo, un metro expreso nos acercó a la universidad de Columbia. Nos sentamos en la escalinata de la Low Memorial Library, inspirada en el panteón de Roma, aunque con columnas de orden jónico, y diseñada por Charles McKim, de McKim, Mead & White, el estudio de arquitectura que dio forma a la Nueva York del novecientos. Deambulando por el campus, no pude evitar pensar que ahí transcurría una de las vidas que no he vivido. A muy poca distancia, la catedral anglicana de san Juan el Divino, iglesia neogótica todavía inacabada, me resultó más impactante que la católica de san Patricio. Después compramos ensaladas, ensaladillas, panecillos y prosciutto en Zabar’s, la mítica tienda de delicatessen, para hacer un pícnic en Central Park. Desde allí, nos dirigimos al edificio Dakota para presentar nuestros respetos al bebé de Rosemary.

Por la noche nos reunimos con Anna, que nos guio por las calles del SoHo, Nolita, Bowery y una Little Italy en plenas fiestas de san Genaro. En esto, reconocí la silueta del New Museum, una audaz creación de la firma japonesa de arquitectos SANAA. Antes habíamos paladeado el restaurante Rubirosa, donde compartimos dos espléndidos platos de pasta: rigatoni con ragú de salchicha y pecorino y espagueti con cangrejo azul, y dos pizzas con pocos ingredientes pero mucho sabor: una blanca con ricota, mozzarella, ajo y orégano, y la clásica, con tomate y mozzarella. Lo acompañamos con un cálido nero d’Avola siciliano y rematamos con una panna cotta. Nada nos habría sabido igual, sin embargo, sin la amabilidad de nuestra anfitriona, que nos habló largamente sobre la idiosincrasia neoyorquina.


El lunes me levanté con la sensación de que empezaba la cuenta atrás. A primera hora, el Top of the Rock nos ofreció unas hermosas vistas de Central Park y el Empire State en un día de sol levemente desvanecido por la bruma. El autobús nos dejó a la altura del Guggenheim, magistral zigurat invertido de Frank Lloyd Wright. A pocos pasos, nos adentramos en el Met, museo interminable en el que nos cruzamos con Thomas Crown. Por fin pude contemplar el imponente “Washington Crossing the Delaware” de Emanuel Leutze, uno de los lienzos más emblemáticos de la historia de América. Descubrí además dos cuadros de Monet, siempre abismantes: “Banquises” y “Matin sur la Seine près de Giverny”. Interrumpimos la visita para hacer algo más que un tentempié en Luke’s Lobster. Su copioso lobster roll, que completamos con clam chowder y cerveza de raíz, protagonizó un menú típico de Nueva Inglaterra. Más tarde, en la tienda del museo encontré un libro cuyas fotografías captaban ―quizá hurtaban― el alma de Nueva York.

Una sorpresa nos esperaba al atardecer. Ignacio nos citó en el Public Hotel, recién abierto por el cofundador de Studio 54 Ian Schrager. Subimos a la azotea y, arrellanados en los sofás de The Roof, nos embelesamos con la magnífica vista de la ciudad mientras mudaban los colores del cielo. El Rosé Impérial de Moët & Chandon que nos sugirió nuestro amigo endulzó todavía más el momento, colofón anticipado de nuestra estancia en agradable conversación e inmejorable compañía. Pero todavía quedaba algo más. Terminamos el día en el café de la afamada tienda Russ & Daughters. Tomamos unas tablas de salmón ahumado con bagels o bialys y un delicioso pastel de miel con helado de manzana. El mejor postre en mucho tiempo.

Jorge Colombo, “Pouring Ribbons”, © 2016.


El martes hicimos caso a Ronnie, el amabilísimo portero del hotel, y visitamos Harlem. Alrededor de la avenida Lenox, o bulevar Malcom X, apreciamos las típicas casas llamadas brownstones y las iglesias donde el día anterior debió de sonar góspel. También pasamos por Sylvia’s, que inevitablemente dejamos para otra ocasión. Cruzamos media ciudad en autobús hasta Eataly. Esta vez optamos por La Birreria, situada en el decimocuarto piso, donde la cerveza artesanal es la pareja ideal de platos como los fusilli allo scoglio, con gambas, almejas, calamar, tomate y vino blanco, o los quesos que degustamos: asiago, caciocavallo y gorgonzola.

Dedicamos la tarde al asueto y las compras. En Barnes & Noble ojeé la sección de historia americana y escogí la recopilación de ensayos del gran historiador Eric Foner Battles for Freedom. En Academy Records compré The Freewheelin’ Bob Dylan horas antes de pasar por la calle donde Don Hunstein tomó la fotografía de la portada: Jones Street. Y de Fishs Eddy, además de algunos regalos, tuve que llevarme esta pelota de béisbol. Un suvenir redondo.

Por la noche, teníamos una anhelada reserva en Takashi, que conocí gracias al apóstol de la cocina aventurera y callejera Anthony Bourdain. Como entrantes, turmas de buey cocinadas como escargots, dumplings de tuétano y cangrejo de río y, bocado sublime, vacío de buey con erizo de mar. Enseguida, encendieron la parrilla o yakiniku de nuestra mesa y nos trajeron tres platos de carrillera, vientre y mollejas de buey preparados para asar. Disfrutamos como niños. Y nos quedamos con ganas de más. Por eso buscamos el escondido Pegu Club, en la fronteriza calle Houston, que no debe pronunciarse como la ciudad de Texas. En esa oscura coctelería, nuestros ojos se perdieron entre las llamas de las velas mientras los relojes se derretían como el hielo. Apuré mi trago ―un whiskey smash, con whiskey de centeno, limón, menta y sirope de azúcar― antes del último paseo nocturno por Nueva York.

El miércoles cruzamos el río Este en metro por el puente de Williamsburg para fijar ese paisaje en el recuerdo y visitar el pintoresco barrio del mismo nombre, penúltimo blanco de la gentrificación. Después convinimos en que no podíamos dejar la ciudad sin comer una hamburguesa, y la de Freud, con queso cheddar y mermelada de cebolla, no nos decepcionó. Carlos nos llevó en taxi al aeropuerto de Newark. Mientras esperábamos el embarque, saqué de mi bolsa Las Américas, de Felipe Fernández-Armesto, para tratar de entender un poco mejor la historia de ese hemisferio. Nueva York iba a perdurar en nuestra memoria, de eso estaba seguro. Y así tenía que ser, porque un viaje no desvela enteramente sus secretos hasta que se ha regresado a casa.


Jorge Colombo, “Moga”, © 2017.