9 de abril de 2020

Música y letras (Cuaderno de cuarentena, 4)

Estas noches, en las que se nos recomienda dormir un poco menos, son un buen momento para saldar cuentas con lecturas pendientes, como estos dos libros que comparten amor por la música, editorial, traductor, estantería en casa y no pocas afinidades electivas: la primera novela de la escritora californiana Mo Daviau, Lena y Karl, y las memorias del crítico musical bostoniano Rob Sheffield, Vives en las cintas que me grabaste.

“Si pudieras viajar al pasado y ver a un grupo en directo, ¿cuál escogerías?”. La pregunta parece una fórmula ingeniosa para empezar una conversación, una de esas que se utilizan en las primeras citas. Pero para Karl, antiguo guitarrista de una banda de indie rock, es algo más, pues dentro de su armario ha encontrado un agujero de gusano que le permite realizar la fantasía. Así es como él y su amigo Wayne han escuchado en directo a Bruce Springsteen en 1975, a los Sex Pistols en 1977 o a los Traveling Wilburys en 1990. (Probablemente, mi primer destino sería el concierto de Bon Jovi en Barcelona en 1995.) Todo marcha bien hasta que Wayne da un paso más que resulta ser en falso. Entonces Karl recurre a Lena, una astrofísica apasionada de la música, con quien empieza una historia de encuentros y desencuentros en el espacio y el tiempo que cambia sus vidas por completo.

En ese viaje, Lena tiene que tomar una decisión trascendental y Karl debe salir de sí mismo. Percibe los estragos que el tiempo ha causado en su actitud —“detestaba a quienes se habían convertido en lo que yo fui de joven”, confiesa— y descubre que “el corazón tiene mucha memoria”, que “un cuerpo puede estar llorando eternamente por una misma cosa”, pues “el cerebro humano, aunque experimente años de tristeza, nunca aprende ni mejora”. Se acerca así a lo que anotó Ralph Waldo Emerson —y rescata Rob Sheffield— tras la muerte de su hijo: “Me entristece que la pena no pueda enseñarme nada”. Pero Karl sí extrae al cabo una enseñanza: refugiarse en el cinismo, insonorizarse ante el mundo y huir del dolor a toda costa son formas de supervivencia, pero no de vida. A veces es necesario estar donde a uno puedan romperle el corazón para encontrar a Lena, y para seguir viviendo.


Para seguir viviendo, Rob tuvo que hacer frente a la extraña tristeza que sintió al saber que se insinuaba otra historia tras el fin de la suya con su mujer Renée, con quien compartió tantas horas de música y que murió tan joven, inesperadamente. “Sabía que iba a tener que volver a aprender a escuchar música y que nunca más podría volver a oír algunas de las canciones que nos habían gustado”.

Una noche en la que tampoco durmió demasiado, Rob decidió rendir homenaje a Renée a través de las cintas que se grabaron. “Esta noche me siento como si todo mi cuerpo estuviera hecho de recuerdos. Soy una cinta de mezclas, un casete que se ha rebobinado tantas veces que ya se oyen las huellas dactilares sobre la cinta”. Había transcurrido ya el tiempo suficiente para poder hacerlo —el tiempo de silencio—, y Rob confió de nuevo en la música para volver al pasado, y devolverla a ella al presente. Porque “nada te conecta tanto al momento como la música”.

Entre las líneas de la historia de Rob y Renée se aboceta una oda a la década de los noventa: entre 1991, “el año en el que el punk estalló” y ellos se casaron, y 1998, cuando el primer cedé recopilatorio que cruzó la vida de Rob señaló un cambio de época, el fin de la era del pop según Bob Stanley. Aquella década “fue un momento glorioso para la cultura popular, la década de Nirvana y Lollapalooza y Clueless y My So-Called Life y Sassy y Pulp Fiction y Greg Maddux y Garth Brooks y Green Day y Drew y Dre y Snoop y El mundo de Wayne”. Los noventa fueron “una época de oportunidades, libre y abierta, de cambios que creíamos permanentes”, y un tiempo en el que “las fronteras de la cultura estaban explotando y la música era la punta de lanza”. Después de 2001, sin embargo, los sueños de aquellos años “han quedado tan hechos añicos que parece una locura recordar que fueron reales, o por lo menos que formaron parte de vidas reales”. A pesar de ello, Rob sigue creyendo —y debemos estar con él— que lo que empezó en esa última belle époque no está muerto, ni su historia ha terminado aún.


Sheffield y Daviau me han hecho regresar a la música que escuchaba cuando crecí, especialmente a los noventa, en los que transcurrió mi adolescencia: entré en ellos con el bagaje de las canciones de mis padres, me asomé a los géneros más guitarreros y estridentes y, hacia el final de la década, me atrapó la clase de rock que aún persigo.

Desde niño, cuando todavía no elegía la música, pero ya rebuscaba entre la colección de vinilos de casa, siguen conmigo la insuperable interpretación de “Sultans of Swing” recogida en el Alchemy de Dire Straits, la voz grave de Leonard Cohen en el disco que contiene “Everybody Knows”, la conmovedora reacción del público al escuchar los versos: “And in the naked light I saw | Ten thousand people, maybe more” en el concierto de Simon & Garfunkel en Central Park, y sobre todo Bruce Springsteen, que me acompaña desde que, en 1987, soñé con ser yo también “Tougher Than the Rest”.

Y entonces llegó 1994 para cambiarlo todo. Esa joya llamada Unplugged in New York señaló un camino que no pudo tomarse, dejando huérfana a la generación que creció con Biggie y Cobain. (Dos artistas que forman una constelación en las letras de Sheffield y la música de Halsey.) Pero la explosión guitarrera fue imparable. El paraje por edificar que rodeaba mi instituto todavía suena a “Basket Case”, “She” y “Longview” de Green Day; las tardes en la cabaña del bosque permanecen unidas a “What Happened to You?” y “Gotta Get Away” de los Offspring; y no he olvidado que estos versos de “Disarm”, de los Smashing Pumpkins, fueron a menudo el espejo de mis tribulaciones: “I used to be a little boy so old in my shoes, and what I choose is my voice, what’s a boy supposed to do?”.

Para salir de la estela del punk sin perderla de vista, tomé una ruta alternativa y aprendí a “Walk Unafraid”. R.E.M. se convirtió en mi principal guía, pero también seguí las huellas en “La Playa”, de Los Planetas; la humedad de esos veranos sigue encapsulada en “Californication”, de Red Hot Chili Peppers; y al cabo comprendí que todo es un poco más bonito “if you sing, sing, sing, sing, sing, sing”, que Jordi me descubrió en París.


¿Y desde entonces? Desde luego no se acabó la música ni la historia. Y podría hablar de las canciones que han dado aliento a mis días o de los géneros a los que jamás pensé que me acercaría. Pero esta cinta solo tiene espacio para dos temas más. Nunca imaginé que una canción en castellano me cautivara tanto como aquella de Los Planetas, y sin embargo llegó “Copacabana”, de Izal. Y hace solo tres días que ha aparecido “Brooklyn Bridge to Chorus”, de los Strokes, la primera canción que nos ha fascinado igualmente a mi hija de dos años y a mí. Cada mañana la bailamos y, cuando en el minuto y veintisiete segundos la música se detiene un segundo, ella siempre pide: “Más”. Porque más es a veces cuanto hace falta. Un poco más, aunque solo sea un segundo. Más.

De las cintas, respectivamente: © Albund (ID 36941192) y © Damrong Rattanapong (ID 142331638). Ambas de Dreamstime.com.