2 de mayo de 2012

Visión de la memoria


El 23 de abril se celebra en Barcelona la ‘diada’ de Sant Jordi, que coincide con el día del libro. Aunque la jornada es laborable, sin duda es también un día festivo, y uno de los más seguidos. El centro de la ciudad se abarrota de gente. Las librerías montan sus tenderetes en las ramblas y los puestos de rosas se multiplican. El libro y la rosa, esos son los dos regalos que es costumbre ofrecerse. Y lo cierto es que, a pesar del bullicio y las apreturas y colas, da gusto ver las calles tan concurridas por algo tan sencillo y bello como darse lectura y flores. 

Como seguidor apasionado de este ritual, este año he incorporado a mi biblioteca una edición bilingüe de El Archipiélago de Hölderlin, el ensayo de Mario Vargas Llosa La civilización del espectáculo, y la autobiografía de la infancia y adolescencia del último premio Nobel, el poeta Tomas Tranströmer.

Esta se abre como sigue: «Mi vida. Cuando pienso estas palabras veo frente a mí un rayo de luz. En una aproximación mayor, el rayo de luz tiene la forma de un cometa, con cabeza y cola. La extremidad más intensa, la cabeza, es la infancia y los años de crecimiento. El núcleo, su parte más densa, es la temprana infancia en la que los rasgos más importantes de nuestras vidas se definen. Intento recordar, intento deslizarme hacia allí. Pero es difícil moverse en esas densas regiones, es peligroso; siento como si me acercase a la muerte. Hacia atrás el cometa se adelgaza —es la parte más larga, la cola. Se hace más y más densa pero también cada vez más ancha—. Ahora estoy en el extremo de la cola del cometa, tengo sesenta años cuando escribo esto».

Ahí da comienzo un ejercicio en el que la rememoración tiene mucho de visión fugaz, de pantallazo, de momento salvado azarosamente del naufragio del tiempo, o de instante grabado a fuego en los ojos del recuerdo, como una llamarada que deja en la penumbra cuanto la envuelve. Tranströmer es plenamente consciente de las particularidades de su esfuerzo: «Las vivencias más tempranas son en su mayor parte inalcanzables. El relato, las memorias de las memorias, las reconstrucciones en función de estados de ardor repentinos». Claro, pues la infancia es literalmente un tiempo sin voz. Por eso, nos cuenta, el recuerdo más temprano que puede registrar es un sentimiento. Un sentimiento de orgullo, por cierto. Una de esas experiencias sublimes cuya huella perdura sin la mediación del relato, cuyo eco es precisamente el que genera la necesidad de la palabra. 

Otro sentimiento imborrable es la tristeza que le produjo la muerte de un compañero de clase. Al recordarlo, se asombra de las diversas coagulaciones de la edad en la memoria: «Con Palle, que murió hace cuarenta y cinco años, sin haber llegado a ser adulto, con él me siento de la misma edad. Mis viejos maestros, “los viejos”, como los llamábamos a todos, quedarán en la memoria como “los viejos”, a pesar de que los mayores entre ellos tenían la edad que yo tengo ahora, cuando escribo esto. Uno se siente siempre más joven de lo que es. Dentro de mí llevo mis rostros anteriores, como un árbol lleva los anillos de la edad. Es la suma de ellos lo que es “yo”. El espejo ve solamente mi rostro ulterior, yo conozco todos mis anteriores». 

¿Hace falta añadir nada más? Quizá sólo que todos los espejos son deformantes, y que nunca somos del todo transparentes para nosotros mismos. Por eso nos es tan preciosa la mirada del otro, que al leer en nosotros, es nuestra rosa.