1 de enero de 2012

Colisiones

De vez en cuando, sabemos por las noticias de las cosas que ocurren dentro de los helados túneles de los aceleradores de partículas. Allí, por ejemplo, se lanzan en sentido opuesto dos haces de protones, que circulan casi a la velocidad de la luz hasta que se encuentran y colisionan. De tales colisiones resultan altísimas energías y, maravillosamente, nuevas partículas de insólitos nombres y propiedades ignotas o solo intuidas. Son los neutrinos, o los bosones. Esas partículas aparecen como un chispazo o un destello, o ni eso siquiera. A veces duran apenas millonésimas de segundo. Pero verlas, saber que existen, es un hallazgo asombroso, y sus efectos redundan en nuevas preguntas u otros tantos descubrimientos, y nos hacen conocer un poco mejor el zoo subatómico del que se componen los mundos en que vivimos.

Otras veces, los libros o los periódicos nos hablan de momentos que son aceleradores de partículas históricas, como la primavera de los pueblos o mayo del sesenta y ocho, como la primavera árabe o tal vez la indignación global. También ahí se producen colisiones, incluso trágicas, pero de ellas surgen conquistas irrenunciables y nuevos modos de imaginar la vida en común. Esos momentos suelen alcanzar pronto su pleamar, tener existencias fugaces y aun antojarse fracasados. Pero no se extingue su llama y su huella perdura, revelando en sus rastros sus múltiples rostros. Sus efectos se alojan en el principio de la esperanza y alientan ese deseo llamado utopía. Y siempre, siempre, permanecen como una llamada para todos los que al ver las cenizas no consienten en renunciar al fuego.

Pero hoy, sobre todo, cuentan los aceleradores de las partículas elementales más cotidianas. Son los queridos encuentros y los encontrones inesperados, los flechazos ciegos y los repentinos desamores, los felices acordes y los desacuerdos feraces. Son las colisiones encantadoras, y algunas veces desencantadas, que se producen en instantes tan breves pero tan mágicos que desdoblan su corta existencia en una insistencia encubierta que permanece como una radiación de fondo, como el recuerdo de una antigua explosión. Son esos momentos que deciden nuestras vidas, agitan nuestra conciencia, que nos arman de coraje, nos cambian, nos mejoran, a veces nos descorazonan, pero que por encima de todo nos descubren los rostros que hacen más bello el nuestro cuando se refleja en el espejo del recuerdo y el deseo.

Estemos pues atentos. Entonces las colisiones no dejarán de sorprendernos, de iluminar nuestras horas oscuras, de enseñarnos maneras de estar mejor juntos. Entonces harán más sabios nuestros deseos. El mío es que sea este un año de mil y una alianzas, y con el solo choque de las felicitaciones.

Feliz 2012