23 de junio de 2007

Noche de San Juan

Hace tiempo, no sé cuánto, la de San Juan era para mí la mejor noche del año. Me iba a dormir más tarde que de costumbre cuando arrancarle segundos a las sábanas era motivo de tierno orgullo. Pasaba el rato viendo fuegos artificiales y tirando petardos y cohetes cuando eso me seducía con antelación. Una semana antes escribía la lista —truenos, piulas, carpinteros, chinos, gusanos, silbadores…— y, a los pocos días, iba a por ellos, buscando cada año alguno nuevo, alguno más.

Ahora, no sé hace cuánto, trato de mantenerme alejado de los petardos y tienden a aburrirme los días en los que uno ha de divertirse por obligación, hacer planes extraordinarios, verse con mucha gente y no dormir apenas. Esas noches en las que hay que garantizar la diversión, hacer de cada momento algo crucial, un highlight, un buen recuerdo anticipado. Antes, recuerdo ahora, todo iba de suyo, pero el tiempo pasa y la ilusión del porvenir va dando paso a la añoranza de los otros futuros del pasado.

Siempre he tenido la sensación de que uno no tiene plena conciencia del tiempo hasta que no puede decir: «De eso hace ya diez años». No hace tanto, reparé en que mi primer recuerdo ha cumplido ya veinte años. Lo pensé mientras escuchaba la tercera versión de una canción de Serrat: Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys. Aunque bueno, los recuerdos de infancia son casi siempre más o menos aproximados, más o menos falsos. Porque los recuerdos son relatos y a relatar se aprende cuando acaba la infancia, que es literalmente un tiempo sin voz.

Así que, quién sabe, quizá todo esto no sea más que el cuento de una noche de San Juan.

De la fotografía: VBaleha / Getty Images / iStockphoto.