8 de marzo de 2020

New York State of Mind

Franck Bohbot, “The Bay”, Queens, Light on New York City, © 2016.
Cada cierto tiempo, vuelvo a Nueva York con la memoria y la imaginación. Me llevan noticias, canciones, pinturas, fotografías, lecturas y esas dos facultades convergentes que nos permiten ver lo que no tenemos enfrente, ya sea porque ha pasado, ya porque es una fulguración del porvenir. Hace poco cayó en mis manos un texto breve sobre la ciudad que escribió E. B. White en 1948. Descubrí que en 2001 cobró actualidad, tristemente, cuando muchos recordaron este pasaje de repente profético: “Una escuadrilla de aviones poco mayor que una bandada de gansos podría poner fin rápidamente a esta isla de fantasía y quemar las torres, derribar los puentes, convertir los túneles del metro en recintos mortales e incinerar a millones. La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está en el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”.

Pero no fue esa prefiguración sombría lo que desencadenó mi viaje, sino la descripción vívida de los atardeceres rojos declinando hacia el púrpura al anochecer y de los edificios de ladrillo mudando el color como “una rosa roja se vuelve azulada al marchitarse”; también de esos barrios donde una vez hubo persistentes “vestigios de poesía, cristal mexicano, latón, batistas, lámparas hechas con botellas de whisky y primeras novelas hechas con recuerdos frescos”. Nueva York ha cambiado “de tempo y de temperamento” desde entonces mucho más que los tonos vespertinos. Pero todavía conserva su “fiebre esencial” y pueden auscultarse las vibraciones de otras épocas. La ciudad, como la poesía, comprime toda la vida en una pequeña isla y “le añade música y un acompañamiento de motores subterráneos”.

Franck Bohbot, “Italian Food Center”, Little Italy, Light on New York City, © 2016.

Eso mismo debieron de sentir los italianos Michele Primi y Ciro Frank Schiappa cuando recorrieron sus calles en busca de la historia oculta del rock neoyorquino desde los sesenta a los ochenta, cuyos iconos a menudo forman parte de un tiempo en ruinas, pero aún no perdido. La memoria subterránea impregna la superficie cambiante de la ciudad y le transmite la fuerza primigenia que palpita en el subsuelo, donde nacen los rascacielos. Si logramos aflorar esas historias, los lugares se convierten en “espacios de tiempo”, como los llamó el poeta William Wordsworth, que nos transmiten el conocimiento local relegado tras las fachadas homogéneas de la hipercultura global.

Franck Bohbot (izquierda) y Ciro Frank Schiappa (derecha), “Apollo Theater”, Harlem, © 2016.
Primi y Schiappa se inspiraron en la hipnótica y fragmentaria “New York Serenade”, la canción de Bruce Springsteen que nos transporta al corazón de la ciudad, donde Billy y Jackie pasean Broadway abajo mientras dirimen los futuros posibles de su relación. Me quedo con ellos un rato, aunque no logro descifrar su mensaje. Desde ahí me dejo llevar por Leonard Cohen, o últimamente por su hijo Adam y Lana del Rey, hasta el ascensor del “Chelsea Hotel No. 2” y la sombra de Janis Joplin; luego trato de capturar las sensaciones de Simon & Garfunkel a su paso por el puente de Queensboro a través de “The 59th Street Bridge Song (Feelin’ Groovy)”, que en 1981 el dúo tocó en Central Park ante medio millón de personas; y acabo poniendo un pie donde jamás he estado junto con Lou Reed y su “Coney Island Baby”. Nada conecta tanto a un momento como la música, dice Rob Sheffield.

Ciro Frank Schiappa, “Nathan’s Famous”, Coney Island, New York Serenade, © 2016.
Según E. B. White, hay tres Nueva York. Primero está la Nueva York de los nacidos ahí, “que dan la ciudad por descontada”; segundo, la Nueva York de los que van y vienen a diario, “que proporcionan a la ciudad su desasosiego mareal”. Y tercero, la Nueva York de quienes nacieron en otro lugar y viajaron a ella en busca de algo. De las tres, la última es la más prometedora, la ciudad destino o meta, a la que llegó Bob Dylan desde Minnesota tras los pasos de Woody Guthrie y, años más tarde, el francés Franck Bohbot, cuyas fotografías forman parte de mi equipaje y me permiten revisitar, despoblados como un cuadro de Edward Hopper, algunos rincones que transité.

Ante las costas de América, escribió Scott Fitzgerald, “durante un momento mágico hubo de contener el hombre el aliento, frente a frente por última vez en la historia con algo proporcional a su capacidad de asombro”. Como si quisiera reproducir aquella emoción primera, Nueva York es hoy una ciudad “incontenible, mestiza, apabullante y contradictoria”, una ciudad que captura la imaginación como la ropa se pega a la piel un día caluroso de verano. Permanece con nosotros y su energía, sus vibraciones mantienen nuestros recuerdos frescos, que a su vez avivan nuestro deseo de volver. Según dice Alberto Gil en el precioso libro que ha concebido junto con el ilustrador Fernando Vicente, aún podemos aprender a convocar la presencia latente, espectral de los espíritus que habitan Nueva York entre la historia y el mito; a atravesar los estratos del tiempo hasta llegar a su corazón revelador. Seguir las trazas de otros pasos es la mejor forma de encontrar los trazos que habrán de esbozar los nuestros.

Franck Bohbot, “MacDougal Street desde Minetta Lane”, Greenwich Village, Light on New York City, © 2016.
El texto de E. B. White lo editó en castellano la editorial Minúscula; el libro de Alberto Gil y Fernando Vicente lo ha publicado el sello Lunwerg.
Algunas de las fotografías de New York Serenade están recogidas en la página web de Ciro Frank Schiappa; la serie Light on New York City puede verse asimismo en el sitio de Franck Bohbot.