Hace tiempo, no sé cuánto, la de san Juan era para mí la mejor noche del año. Me iba a dormir más tarde que de costumbre cuando arrancarle segundos a las sábanas era motivo de tierno orgullo. Pasaba el rato viendo fuegos artificiales y tirando petardos y cohetes cuando eso me seducía con antelación. Una semana antes escribía la lista y, a los pocos días, iba a por ellos, buscando cada año alguno nuevo, alguno más.
Ahora, no sé hace cuánto, trato de mantenerme alejado de los petardos y tienden a aburrirme los días en los que uno ha de divertirse por obligación, hacer planes extraordinarios, verse con mucha gente y no dormir apenas. Esas noches en las que hay que garantizar la diversión, hacer de cada momento algo crucial, un highlight, un buen recuerdo anticipado. Antes, recuerdo ahora, todo iba de suyo, pero el tiempo pasa y la ilusión del porvenir va dando paso a la añoranza de los otros futuros del pasado.
Siempre he tenido la sensación de que uno no tiene plena conciencia del tiempo hasta que no puede decir: «de eso hace ya diez años». No hace tanto, he reparado en que mi primer recuerdo ha cumplido ya veinte años. Lo pensé mientras escuchaba la tercera versión de una canción de Serrat: Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys. Aunque bueno, los recuerdos de infancia son casi siempre más o menos aproximados, más o menos falsos. Porque los recuerdos son relatos y a relatar se aprende cuando acaba la infancia que es, literalmente, un tiempo sin voz.
Así que, quién sabe, quizá todo esto no sea más que el cuento de una noche de san Juan.
Ahora, no sé hace cuánto, trato de mantenerme alejado de los petardos y tienden a aburrirme los días en los que uno ha de divertirse por obligación, hacer planes extraordinarios, verse con mucha gente y no dormir apenas. Esas noches en las que hay que garantizar la diversión, hacer de cada momento algo crucial, un highlight, un buen recuerdo anticipado. Antes, recuerdo ahora, todo iba de suyo, pero el tiempo pasa y la ilusión del porvenir va dando paso a la añoranza de los otros futuros del pasado.
Siempre he tenido la sensación de que uno no tiene plena conciencia del tiempo hasta que no puede decir: «de eso hace ya diez años». No hace tanto, he reparado en que mi primer recuerdo ha cumplido ya veinte años. Lo pensé mientras escuchaba la tercera versión de una canción de Serrat: Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys. Aunque bueno, los recuerdos de infancia son casi siempre más o menos aproximados, más o menos falsos. Porque los recuerdos son relatos y a relatar se aprende cuando acaba la infancia que es, literalmente, un tiempo sin voz.
Así que, quién sabe, quizá todo esto no sea más que el cuento de una noche de san Juan.
1 comentarios:
Pasear por tu blog es pasear por un jardín de palabras exquisitas y reflexiones hermosas. La infancia no tiene voz, es verdad, tiene fanstasía sin palabras. Decía Giambattista Vico que la fantasía procede del mutos, la parte muda. Sobre esa potencia creativa luego añadimos palabras que tratan de significar. Tomamos conciencia del pasado y relatamos. Cuanto más adultos somos más necesidad tenemos de narrarnos nuestra vida, a nosotros mismos. Damos voz a los hechos, los humanizamos para entenderlos. Lo hermoso es que el mutos no se pierde en la infancia. Recordar la noche de san juan, tan mágica y ancestral, es volver a la infancia, ese lugar atemporal sin conciencia de pasado ni de futuro donde lo real y lo soñado se confunden porque aún no hace falta separarlos... un beso! Laura
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