Hoy es catorce de julio, fiesta nacional de Francia desde 1880. Con este motivo, quisiera recuperar un texto que escribí hace algunos meses, tras la quema de coches en las afueras de París.
En la revista Claves de diciembre de 2005, José María Ridao publica un inteligente artículo —«El incendio francés»— en el que propone una lectura de la modernidad política en torno a tres pasiones axiales: la pasión democrática, la pasión revolucionaria y la pasión identitaria. Apoyándose en los trabajos de Hannah Arendt y François Furet sobre las revoluciones americana y francesa, localiza la pasión democrática cuando aparece la idea de la igualdad de los seres humanos. El nouveau régime que se anuncia en 1776 y 1789 condena cualquier discriminación según la cuna de cada cual. Nace la sociedad burguesa que proclama el derecho de los ciudadanos a la igualdad pero reproduce la desigualdad entre las clases sociales.
«Este es el origen —escribe Furet en El pasado de una ilusión— de un rasgo propio de la democracia moderna, sin duda único en la historia universal: la capacidad infinita de producir jóvenes y adultos que detestan el régimen social y político en el que han nacido, que odian el aire que respiran». En esa masa crítica cuaja la pasión revolucionaria, una concepción mesiánica que trata de extender la igualdad —su existencia siempre insuficiente, su extensión siempre insatisfecha— a todos los ámbitos y lugares. Eso genera prácticas agresivas y de doble filo: hay una relación entre la evangelización de las Indias y las hogueras de la Inquisición, entre el internacionalismo proletario y el Gulag, entre el colonialismo y la eugenesia.
Esta doble cara de los valores por los que se lucha puede desembocar en la pasión identitaria. Ahí se manifiesta la dialéctica de la Ilustración, en el paso de la pasión revolucionaria, que aspira a extender el principio de igualdad, a la pasión identitaria, para la que ser iguales ya no quiere decir que la igualdad sea universal, sino que los miembros de un mismo cuerpo político han de ser iguales entre sí. Según esta perspectiva, escribe Ridao, todos tenemos «los rasgos característicos, y al parecer indelebles, de esa extraña, lúgubre criatura a la que hoy se rinde un culto tan despreocupado como suicida: la identidad».
La pasión identitaria trastrueca los contenidos de las otras dos. La pasión democrática querrá ahora que todas las comunidades políticas alcancen ese estado, la democracia. Y la pasión revolucionaria hará cuanto crea necesario para lograrlo. Ello genera una nueva relación de doble filo: entre la democracia en guerra y la generalización de la purga, la sospecha y la política del mal menor. Hemos completado el círculo vicioso cuando comprobamos que, aun cuando los ciudadanos siguen siendo iguales ante la ley, la ley ya no es igual para todos ellos. En Francia ya hemos visto cuán caro se paga el pecado original de llamarse Mohammed.
Mañana tal vez veamos que 1789 está por llegar.
En la revista Claves de diciembre de 2005, José María Ridao publica un inteligente artículo —«El incendio francés»— en el que propone una lectura de la modernidad política en torno a tres pasiones axiales: la pasión democrática, la pasión revolucionaria y la pasión identitaria. Apoyándose en los trabajos de Hannah Arendt y François Furet sobre las revoluciones americana y francesa, localiza la pasión democrática cuando aparece la idea de la igualdad de los seres humanos. El nouveau régime que se anuncia en 1776 y 1789 condena cualquier discriminación según la cuna de cada cual. Nace la sociedad burguesa que proclama el derecho de los ciudadanos a la igualdad pero reproduce la desigualdad entre las clases sociales.
«Este es el origen —escribe Furet en El pasado de una ilusión— de un rasgo propio de la democracia moderna, sin duda único en la historia universal: la capacidad infinita de producir jóvenes y adultos que detestan el régimen social y político en el que han nacido, que odian el aire que respiran». En esa masa crítica cuaja la pasión revolucionaria, una concepción mesiánica que trata de extender la igualdad —su existencia siempre insuficiente, su extensión siempre insatisfecha— a todos los ámbitos y lugares. Eso genera prácticas agresivas y de doble filo: hay una relación entre la evangelización de las Indias y las hogueras de la Inquisición, entre el internacionalismo proletario y el Gulag, entre el colonialismo y la eugenesia.
Esta doble cara de los valores por los que se lucha puede desembocar en la pasión identitaria. Ahí se manifiesta la dialéctica de la Ilustración, en el paso de la pasión revolucionaria, que aspira a extender el principio de igualdad, a la pasión identitaria, para la que ser iguales ya no quiere decir que la igualdad sea universal, sino que los miembros de un mismo cuerpo político han de ser iguales entre sí. Según esta perspectiva, escribe Ridao, todos tenemos «los rasgos característicos, y al parecer indelebles, de esa extraña, lúgubre criatura a la que hoy se rinde un culto tan despreocupado como suicida: la identidad».
La pasión identitaria trastrueca los contenidos de las otras dos. La pasión democrática querrá ahora que todas las comunidades políticas alcancen ese estado, la democracia. Y la pasión revolucionaria hará cuanto crea necesario para lograrlo. Ello genera una nueva relación de doble filo: entre la democracia en guerra y la generalización de la purga, la sospecha y la política del mal menor. Hemos completado el círculo vicioso cuando comprobamos que, aun cuando los ciudadanos siguen siendo iguales ante la ley, la ley ya no es igual para todos ellos. En Francia ya hemos visto cuán caro se paga el pecado original de llamarse Mohammed.
Mañana tal vez veamos que 1789 está por llegar.
3 comentarios:
Una vez más.... excelente, parece que, estos dobles filos... que seguramente serán más, pudieran incluso, ser arquetípicos. Toda aparente evolución o re-evolución, o movimiento social por mínimo que sea, voletea muchas veces la otra cara del sistema (no necesariamente social)....
Un gusto leer cosas nuevas en tu blog!!!!
Saludos.
Ahora la moda pseudofilosófica es criticar las identidades, por asesinas, por antidemocráticas, por separatistas... Pues bien, dentro de los límites de toda revolución siempre hay un "nosotros" que, si sabemos diferenciar la realidad de la retórica revolucionaria, implica un "no-a-otros". Siempre es así. Una revolución se hace en nombre de ideales, pero siempre contra alguien, siempre, lo que ya de por sí denota identidad. Todo siempre tiene una identidad, y no será negándola como solucionaremos los odios que arden en la hoguera de la historia. Si se fija el "hipócrita lector" (Baudelaire), este blog no permite comentarios anónimos. Siempre hay identidad, la que nosotros escojamos. El blog, como metáfora de la vida, nos deja "elegir una identidad". Saludos.
Querido y angustiado amigo:
Estoy plenamente de acuerdo en que donde haya un ‘nosotros’ siempre habrá un ‘los otros’ e incluso, como enfáticamente escribes, un ‘no-a-otros’. Siempre tenemos identidad, es cierto, aunque esa identidad no sea siempre idéntica a sí misma. Hay que ver, qué terreno más lábil éste de la identidad, tú lo sabes: «tú conoces, lector, a ese delicado monstruo», diría Baudelaire.
También es verdad que no será negando la identidad como solucionaremos los conflictos que ella produce. No se trata de negarla —yo no lo hago y creo que Ridao tampoco— sino de tratar su inflamación. Se puede tener identidad sin hacer de ella el valor axial de una vida o de la política. Igual que, como decía con ironía el gran Julián Marías, se puede tener apéndice sin tener apendicitis.
De un modo análogo, sin negar la estética, se puede denunciar la politización de la estética y la estetización de la política. Sin ir más lejos, este último fenómeno caracteriza, a juicio de Walter Benjamin, al nazismo.
En fin, ha sido un placer leer tus palabras. Un toque de atención ante los cantos de sirena de las ‘modas pseudofilosóficas’.
Un saludo.
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